Molde

A qué sabe un buen tango.

La vida breve

… y sentimos que ya empiezan “a desfilar por los almacenes con los billetes de a peso absorbiendo el sudor de sus puños; con las botellas y los sifones, el pelo crespo aún goteante, con un olor a cocina mal ventilada bajo los perfumes de jabón, con una necesidad de desquite pronta a asomarles en la indolencia de los ojos.”

Overall
9/10
9/10

“Aunque la daga hostil o esa otra daga, el tiempo, los perdieron en el fango, hoy, más allá del tiempo y de la aciaga muerte, esos muertos viven en el tango”, sentencia Borges en uno de sus poemas, comparando la memoria con la melodía de un tango, y el tiempo —la daga— con el olvido. Tal vez sea por esto que, a veces, cuando el viento nos arrima alguna melodía conocida, entre sus notas percibamos el olor tan conocido de los días viejos. Quizás, fue esto mismo lo que sintió Juan Carlos Onetti cuando, conmovido por un tango, se permitió escribir una de sus obras más conocidas: La vida breve.

Al otro lado, como antídoto a la memoria, sigue el olvido; el vacío, “la nada a la que todo se dirige”, como diría Kobayashi Issa.  Entregarse a él es casi un deber, una obligación: “la única iluminación a la que se puede aspirar”. Y acá es cuando Onetti nos mete en Brausen, quien, desesperadamente, intenta escapar de sí mismo,  de renunciar a su vida, al seno ausente de Gertrudis —su esposa mutilada— o, como dice él mismo, “a llegar al momento de la mano derecha, del labio, de todo el cuerpo; el momento del deber, de la piedad, del terror de humillarla”. Así, guiado por el pavor vivo de saber a su esposa mutilada, reducida, empieza a retener en su cabeza las palabras y los ruidos que la Queca —la prostituta, la amante— suelta en el apartamento vecino, y que van cayéndole más fuertes que el agua fría que sale de su ducha, desde donde le oye.

Se inventa otras vidas, sin saber que por un par de malentendidos terminará siendo el cómplice, y no el asesino de todo, como quería. Hay más personajes, más voces: Díaz Grey y Arce. Son su excusa, sus  aliados, su propio antídoto para la realidad. Sus otras vidas. Los azares se toman la escena y el lector se ve obligado a llevar atenta nota de cada cosa que sucede en el reducido espacio del apartamento de la Queca, a oírla también desde el baño, a verla en las calles, en cada sitio, y así no perder el rumbo de la historia.

Bien decía Wilde que el hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, con una máscara dirá la verdad. Pues bueno, a falta de una, Brausen, el protagonista de esta historia, crea dos. Y allí es donde haber tomado nota da sus frutos. Onetti se revienta en prosa y nos mete en la piel de los personajes. Se siente el peso de cada palabra, el filo de cada adjetivo y, de repente, aparece una“cara colgante inclinada sobre adelantos y retrasos, el olor de la carne fresca y cocida que se alza desprendiéndose del perfume de las sales de baño o del de la colonia distribuida previamente con un solo dedo.” Cada uno cae como un golpe en la cara, como si fueran las notas desgarradas de un tango en el viento del acordeón. 

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…”

Cualquier esfuerzo por escapar es inútil: somos nosotros los que escribimos la historia de Díaz Grey; Somos Díaz Grey queriendo escapar del tedio del hospital de Santa María, buscando una excusa, una provocación, algún malentendido en la entrepierna de Elena Salas, la morfinómana. Sentimos cada gesto, cada tacto, cada olor como si fuera nuestro; vemos a las mujeres en el puerto, y sentimos que ya empiezan “a desfilar por los almacenes con los billetes de a peso absorbiendo el sudor de sus puños; con las botellas y los sifones, el pelo crespo aún goteante, con un olor a cocina mal ventilada bajo los perfumes de jabón, con una necesidad de desquite pronta a asomarles en la indolencia de los ojos.”

Alcanzamos a percibir que la náusea nos brota de las tripas; el desasosiego, el spleen del que tanto hablan los existencialistas se siente hirviendo en las entrañas. Recorre uno las calles como un desposeído, perdiéndonos de nosotros mismo mientras pasamos cada página, cada historia. Se acerca uno al final y la carne tiembla, patética, en el frío de un amanecer de Buenos Aires, o en la lluvia de Santa María.

No sé si allí termina todo, si ha valido la pena recorrer tantos caminos, tantas historias hasta aquel lugar —quizás usted, el lector, al llegar allí lo sepa, o lo sospeche—. Tal vez no sepamos nunca si todo lo que hicimos para alcanzar ese momento realmente haya valido  la pena de ser hecho. Tal vez, al final, todo esto no sea más que un gran malentendido. Lo que sé es lo que queda después del desenlace: esa sensación de que algo ha pasado, y que lo que sea que haya pasado, más que de novela, lleva el sabor fuerte de los tangos viejos, del arrabal y la provincia. Y si aguza uno el oído, casi que puede escuchar a Arce —o quizá a Brausen o a Díaz Grey— tarareando nerviosamente desde nuestros labios:

La vida es breve;​

Algunos sueños;

Un poco de amor

Y buenos días.

La vida es vana;

Una pizca dolor,

Ciertas esperanza

Y decirle adiós.

Agrega un comentario

Síguenos