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Canciones en el espejo: Reflexión de Las Áñez

El espejo se ha convertido en un objeto cotidiano, recurrente en la mayoría de las casas. En la puerta de entrada, en la sala o en los baños. Parece natural querer vernos y, aunque yo lo haga todo el tiempo, siempre que me enfrento a él encuentro cosas distintas. Cualquier día, de todos los que ya sucedieron a lo largo de mis veintiún años, el reflejarse ha sido una experiencia única. En algunos, por ejemplo, vi en él solo fortalezas: belleza, forma y color; el temple de mi cara, mi cuerpo y mi espíritu —sea lo que sea que esto último signifique—, pude sentirme a gusto en ese cristal. Pero en otros, quizás más desventurados, esa, que se supone también era yo, fue tan irreconocible y problemática que me hizo huir, correr a buscar confort en el deseo de no verme nunca de frente, de pensar en la posibilidad imaginativa de inventar otra cara en cualquier momento, moldear otro cuerpo y plantar otro espíritu. En este ejercicio de perderse, conocerse y apropiarse, escucho y escribo esta suerte de reseña de Reflexión, el tercer álbum de estudio de las hermanas Áñez, lanzado a finales de mayo del presente año.

El trabajo de Las Áñez me ha mantenido cautivada desde un inicio, pues han sido fuertes exponentes de la música latinoamericana enunciada a través de sus voces, junto con apenas otros instrumentos distintos a estas. De esta forma, han recogido una buena porción de lo que hemos enmarcado en la tradición y, paulatinamente, se han volcado en la experimentación jugando con sintetizadores y demás. Aún así, es esta, tan cálida y tan íntima, mi entrega favorita. Quizá porque, entre el encierro y el silencio, este disco se siente como una suerte de compañía.

En este trabajo, el concepto de la reflexión se extrapola a muchos aspectos. Desde lo obvio, se encuentra este juego de palabras, entre dos gemelas, quienes unidas exploran nuevas tonalidades que se movilizan en bucles de la una a la otra con tanta naturalidad , pasando al objeto poético del espejo y todo lo que en él se encuentra y se intuye, hasta ese proceso íntimo de cuestionamiento que surge cuando uno decide mirarse a sí mismo.

En ese marco, nos encontramos con 12 cortes, de los cuales considero primordial arrancar por las dos colaboraciones principales que acompañan este álbum; por un lado, con Kevin Johansen en «Al tiempo». Esta es una canción con estructura dialógica similar a lo que fue «Pensar y pensar» junto a Edson Velandia hace un par de años, acompañada de un piano, que no llega a ser cómica como lo fue la anterior. De esta pieza tuve dos apreciaciones: la primera es la adaptación a una medida del paso de la vida que nos parece tan incómoda, medida que nosotros mismos hemos inventado y conceptualizado. Inicia con una confrontación, el evidente miedo de todo lo que sucede mientras avanza, y a lo largo del tema pasa a ser este, el tiempo mismo, de un enemigo a un aliado. De ahí la personificación del invitado, con apenas unos comentarios mínimos, aportando a la lírica. Por otro lado, como segunda apreciación, considero que se puede poner en cuestión la idea del diálogo romántico entre dos personas pidiendo y dándose tiempo mutuamente. Todo esto, claro, sujeto a la interpretación de quien lo escucha.

 

La segunda colaboración se da junto a El Tuyero Ilustrado, un dúo de músicos dedicado a la reinvención del joropo del centro de Venezuela a partir del cuatro de dicho país. «A la música» tiene una participación más homogénea entre todos los artistas, la fusión de sonidos y aportes se dan de forma horizontal dentro de la melodía y el juego de las voces. En otros cortes del disco, si bien hay una participación de otros artistas como Maria Elvira Hoyos en «Una fábula», estas se dan a través de complementos instrumentales, que le dan a este disco capas y sensibilidades diferentes, teniendo, claro, a las voces de ambas como instrumentos principales siempre. También cuenta con un trabajo de postproducción conjunto con Benjamin Calais en «Presente simple».

La parte lírica del disco da cuenta del discurso de la autocrítica, del tiempo dado para uno mismo que a lo largo de esta cuarentena ha sido una eternidad. El tono reflexivo y, asimismo, poético se puede evidenciar en canciones como «En la lucha», que si bien no es expresamente una canción protesta, sí tiene tintes de lo político en su desarrollo; el tema presenta lo que implican las decisiones que tomamos para defender aquello que escogimos defender, porque parece ser lo justo. Lo mismo ocurre en «Reflejo mío», que si bien puede ser una canción hablada desde el yo, en el ejercicio de verse y reconocerse en el espejo, también habla de esa relación que existe entre ambas artistas.

En este ejercicio de reflexión, aparecen elementos complementarios del sujeto: los lugares con los cuales converge en su realidad como lo muestra «Pueblito grande» o los no-lugares en «Canción migratoria»; sus creencias y convicciones en «Un secreto» y un complemento que encierra lo sagrado y lo profano del convivir con sí mismo (y también los otros), con los cortes de experimentación de sus voces en «Catedral 1» y «Catedral 2».

En suma, este trabajo es uno de los más bellos y completos lanzamientos colombianos del 2020 y también uno que encierra muy bien el desarrollo y la exploración de las hermanas Áñez a lo largo de su carrera. Por ello, los invito a escuchar las voces de Juanita y Valentina, y a permitirse sentir cómo resuenan en cada una de sus, por ahora, aisladas soledades.

Daniela Chavarro Trujillo

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