Molde

Irreversible de Gaspar Noé

Gaspar Noé. El nombre que casi siempre es mencionado con aires de reverencia durante encuentros que usualmente resultan siendo monólogos cómicos entre traga-cánicas que habitualmente dicen poco o nada, más que una conversación entre dos o más seres humanos adultos funcionales. Ya sabemos cómo va la fórmula de este tipo de monólogos: «Enter the Void es una de las películas más ____ de la ____». Y de ese modo fue que me metieron gato por liebre más de dos o tres de estos mencionados traga-canicas que encontraba en cada esquina de lo que fue mi triste vida universitaria. Así que respondo entonces con un monólogo -> ya que «Enter the Void» me pareció una simplona película adolescente que patéticamente aspira a trepar hacía algún cénit imaginado que supuestamente corresponde al «olímpo» de los dioses cinematográficos, hablaré en términos igualmente simplones sobre aquella película: muchos colores bonitos, muchas tomas mucho muy lindas que tienen al «Libro Tibetano de los Muertos» como un adornito de ambientación bien simpático. Fin.
 
Después de comprobar que las promesas que me habían vendido los enboinados apestados con la vulgar fragancia Eau d’Parkway eran un enorme baúl lleno de aire (para ahorrarme la grosería), observaba con posterior desidia como cada producción de nuestro argento-franchute favorito era no solamente susurrada con aires de pretendida importancia sino teñida utilizando un colosal arco-iris de adjetivos, cada uno más ridículo que el anterior. Con el pasar del tiempo me enteré de que aquella efervescente arca de la Pedantería de Noé y sus aduladores, condes, condesas y condeses de la cultura ‘transgresora’ pero con fines ‘filosóficos’ tenía origen en el ya infame film «Irreversible» (2002). Aquel pedazo de información me puso en una larga y procrastinada tarea de espectador para asentar de una vez por todas mi disgusto con este autor y su rebaño pontificante.
 
Bien, el pitch de susodicho filme es el escándalo, cómo bien diría un asistente indignado a su premiere de prensa en Cannes en el 2002. Y estaría de acuerdo en que es un escándalo, claro, el hecho de que «Irreversible» haya sido el centro de atención de tantos ensayos, tertulias, y polémicas al ser una película que en su construcción ofrece tan, pero tan poco, y que además nos obsequia copiosas cantidades de misoginia y homofobia. Pero, dejemos lo anecdótico de lado y empecemos armando una estructura sumamente básica, tripartita de la trama de la película que iría masomenos así: 1) el desarrollo y conclusión de una vendetta, 2) la raíz de la vendetta que es una violación, 3) la reflexión de nuestro director sobre el tiempo como una fuerza ambivalente, tanto destructora como catalizadora de aquellos dos eventos principales. 
 
Sobre el elemento #1, diré que es una vendetta que está pésimamente desarrollada en papel: el amalgama forzado de histrionismo corporal, confusión/frustración, y agresión gratuitas no son suficientes para construir un argumento competente que genere algún tipo de empatía con las emociones que llevan a Marcus (Vincent Cassel) y Pierre (Albert Dupontel) a tomar justicia con sus propias manos, bien sabiendo que posteriormente descubrimos que Marcus es todo un womanizer de primera que le podría importar poco su pareja más allá de lo libidinal, y que Pierre es un prototipo de lo que me imagino es el target principal del público de Noé,  es decir, un profesor de filosofía sexualmente frustrado, y que esconde en cada observación venenosa un profundo resentimiento hacía su ex-pareja (una mujer trofeo por así decirlo, para compensar el poco alcance de su intelecto y su ego inflado).
 
Al traer estos dos comportamientos a colación, se podría plantear que el ruido constante llevado a punto de saturación y el anti-dialogo (acción, happenings) usados para exagerar la vendetta en cuestión, intentan desesperadamente tapar cualquier tipo de hueco argumental. Este intento conecta bien con la respuesta a la siguiente pregunta, ¿cómo pasamos del narcisismo masturbatorio de estos dos personajes, al limite de los afectos en cuestión de segundos? Ah sí, con las muy innovadoras contorsiones de cámara que le hubiesen dado tanto arcadas como vértigo a Michael Bay. Me parece que a Gaspar sólo le faltan las explosiones y los Transformers para poner la cereza en el pastel. Aunque esperen, ¿ya se mencionó que la película está compuesta cronológicamente en reversa? Recurso efectista de edición que con el paso de los años parece que significa cada vez menos, por no decir que absolutamente nada.
 
Ahora, ya que estamos con el tema de los malabares estilísticos sobre la mesa, podemos continuar con el elemento #2, sí, la muy controvertida escena de violación. Una escena demasiado extendida (9 minutos sin cortes) y grotesca para lo que desea comunicar, si es que desea comunicar algo en un principio. Pero intentémoslo, apretemos bien duro para sacarle jugo al aire soplado: ¿será que la puesta en escena quiere abstraer a la figura de la pequeño-burguesía (Alex = víctima/Monica Belucci) y su doble moral, para ser inmediatamente transgredida por la presencia irrefutable de los invisibles, de aquella ‘escoria’ (La Tenia = el victimario/Jo Prestia) social que tanto se ha pisoteado en todos sus aspectos vitales? Puede que sí, y sin embargo creo que este tipo de mensaje pueril que posa de ‘crítica social’ es demasiado banal para la sevicia con la cuál fue grabada la escena. Entonces este escenario conscientemente político es improbable, y es más bien evidente que nuestro director está unicamente obsesionado con la yuxtaposición (más bien floja, superficial) entre pulsiones y cuerpos. 
 
¿Y cuáles son estos cuerpos? La mujer recipiente-objeto a la cuál se le arrebata su propia autonomía para recibir de manera pasiva todo tipo de agresiones e intercambios. Alex es una maquinación fantástica del director que puede ser bien ejemplificada durante la conversación ‘trascendental’ que ocurre entre Pierre y Marcus en torno a la pregunta que le hacen sobre que es lo que exactamente la lleva a ella al orgasmo. La respuesta: mientras el hombre esté disfrutando, pueda venirse y sea una bestia ‘irreflexiva’ en la cama, yo estaré bien. Se podría decir que Alex está hecha para complacer, y es exactamente eso, un accesorio mudo que sólo sirve como una excusa para que la inepta violencia masculina fluya torrencialmente al poner a la víctima en un segundo plano, convirtiéndola en un artefacto mágico que por el arte y gracia de su fantasmagoria desencadena la trama del filme. En otras palabras, la víctima no es un personaje sustancial. Esto nos lleva al personaje de La Tenia y a la siguiente pregunta, que no es nueva, pero que vale la pena actualizar bajo nuestro contexto actual: entre todos los cuerpos masculinos y heteronormados que cotidianamente infligen violencia a cuerpos femeninos, ¿porqué se escoge muy conscientemente a un cuerpo homosexual para que este sea el que lleve a cabo la violación? Agregando brevemente a este comentario que en la escena del club, elegantemente nombrado «The Rectum» y sitio en dónde se esconde nuestro ‘villano’, se incluyen estereotipos dramáticos (casi caricaturescos), cuestionables y ¡oh sorpresa!, más agresiones automatizadas que parecieran ser teledirigidas a cierta comunidad. Pero no ahondemos en el tema, simplemente diré que aquella yuxtaposición de cuerpos que tanto idealiza Noé no es tan inocente como se pretende.
 
Finalmente, el tema de los cuerpos nos lleva al elemento #3, el tema del tiempo como fuerza contingente que devora todo tipo de agencia/control humano: tropezamos no para pararnos y continuar, sino para ser lanzados irreflexivamente en el hylé de los acontecimientos externos. Sólo somos bestias que se dejan llevar por el instinto, y yada-yada-yada. Mensaje que ha sido iterado incontables veces por escépticos que son verdaderos glotones insufribles (y que muchos tuvimos el infortunio de encontrar durante épocas juveniles, aunque algunas otras pobres almas se encuentran condenadas a este tipo de encuentros más allá de aquellas épocas) a los que les encanta armar su propio pastel para devorarlo, delirar una lista de razones suficientes para justificar el supuesto caos inconexo, la banalidad y el desdibujamiento de nuestra propia forma al fundirnos en la tormenta de emociones basales como una característica cardinal e irrefutable de lo humano. Si este es el mensaje final de Gaspar, aquel titánico mensaje que lo convirtió en el ‘enfant terrible’ del cine francés a principios del milenio, un mensaje que intenta probarnos con acrobacias de que nadie es responsable de sus propios actos porque sólo somos cuerpos descarriados en un constante flujo irracional, y por eso ‘a la mierda tu moral pequeñoburguesa’, preferiría entonces mil veces leer el diario de un puberto con las hormonas alborotadas que se cree nihilista después de ver tres o cuatro aforismos de Nietzsche en internet, o alguna otra imbecilidad del mismo estilo.
 
Recomiendo ver en vez de Irreversible: La Vie Nouvelle de Philippe Grandrieux
 

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