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Valentín y los Volcanes: crónica romántica sobre la pandemia

SALÍ A CAMINAR EN MEDIO DE LA NOCHE, Y PENSÉ
Crónica por: Tania Rivera

El aislamiento preventivo ha causado en mí un proceso personal que nunca antes había tenido. Llevaba ya largos años teniendo seguidos procesos personales —considero yo—, profundos; además de la incesante confusión que causa la adolescencia y la decisión de emigrar que, para mí, ha sido uno de los hechos más traumáticos. Sin embargo, también ha resultado forjador de la persona que soy ahora y que he decidido ser.

Entre tanto, estos días se han prestado para estar más centrada en mí, ensimismada e hiperpensativa acerca de mi vida y el mundo. Además de la oportuna aparición de personas que creía ya había dejado atrás, y con las cuales he podido conversar y pensar como nunca antes lo había hecho.

Junto con mi compañero de apartamento y amigo, hemos tratado de sobrellevar este aislamiento de forma que no volvamos a caer en el sombrío y hondo hueco del dolor y la desidia. Pasando por las calles y cantando los versos de ‘Volver’, de Gardel, mientras recordamos que esta pandemia nos sorprendió en nuestros tan añorados 20. En este momento debería estar emborrachándome en algún bar, pero lastimosamente estoy escribiendo esto. En fin, veinte años no es nada.

Después de pasar por dos largos años en una densa depresión, consecuencia de emigrar, siempre decíamos en nuestras largas charlas nocturnas “tranquilicémonos que el otro año sí es nuestro año”; así como los hinchas del Medellín inmortalizaron el “este año sí” antes de ser eliminados de todos los torneos de fútbol posibles. Él, ha sido la más casual aparición que ha pasado en mi vida en los últimos tiempos, mi compañero en esta experiencia traumática llamada ‘pasar de los 18 y vivir en otro país’ y además, ha sido el causante de mis más recientes procesos personales.

Los dos —como personas que sienten afinidad con las disciplinas artísticas—, nos hemos encontrado en nuestros talentos y eso nos ha ayudado a reforzar todo aquello que antes no hacíamos por mera pereza o desinterés, ese estado ansioso de la depresión que poco y nada te deja hacer. Esta sorpresiva pandemia nos encontró un poco más fuertes, más centrados y adultos, y así, después de todas las peripecias que hemos tenido que vivir a causa de las despedidas y las mudanzas, hemos tratado de estar lo más estables posible. Claro, hay días en los que uno se siente estable y otros en los que el despertador de la mesa de noche es la ansiedad. Últimamente, los días se han tornado densos, tediosos y aburridores. A veces estamos a punto de abrir una zanja en el piso de tanto caminar y fumar de un lado a otro porque ya no encontramos en qué ocuparnos. La universidad casi no nos importa.

Fieles a nuestra generación, somos los primeros consumidores de redes sociales. Sobrecompartimos sin parar y consumimos todo el contenido cultural posible porque nos mantiene distraídos. Creo que eso ha causado la cuarentena en todos nosotros: un perpetuo estado de enceguecimiento cultural. Un constante mentirnos a nosotros mismos, mientras creemos que seguimos viviendo. ¿Qué es vivir en cuatro paredes? Nosotros, libres, nunca lo habíamos sabido o experimentado.

Somos ese meme que solemos ver en Internet y que tiene por protagonistas a los hijos de Flanders: ahora hacemos fiestas vía Zoom y nos emborrachamos solos en un balcón. Nada más nos importa que la última canción estrenada, el último tuit publicado y la última historia subida por el/la niñx que nos gusta. Además, de ver película por película de cada director posible, junto a una infinidad de reseñas escritas en LetterBox y darse el espacio de analizar álbumes y libros minuciosamente. Con la reciente fama de TikTok, el contenido audiovisual se ha convertido en el lenguaje del presente; esta red social no solo nos permite conocer la gente más bella y adinerada del mundo, sino también el poder creernos otras personas al hacer lipsync, volvernos más lindos y ocurrentes. Porque como es bien sabido en el mundo de las redes, el más lindo y ocurrente gana el juego. Qué coincidencia que justo se haya vuelto viral en estos tiempos…

Recientemente, el aislamiento ha causado en nosotros un afán por el sobre análisis compulsivo. Creemos que hay cosas encriptadas y secretas en todo lo que consumimos. El insomnio se ha convertido en el pan de cada día. Si no es el insomnio, es la hipersomnia que nos dice “¿para qué despertar? Si todos los días son iguales”.

Hace poco, pasamos más de 16 horas hablando y fumando sin parar. Creo que nunca había hablado tanta y tan-pura-física-mierda. Empezamos haciendo teorías conspirativas sobre las personas que nos gustan, pasamos por preguntarnos por qué la fotografía nos parecía banal y terminamos en una larga discusión sobre política colombiana.

Desastroso. Mi salud mental me lo cobró horas después.

Eso es lo que causa el estar alejado de otras personas: la pensadera compulsiva.

Es tan raro. Ahora que la interacción humana en la vida real está casi extinta, sentir algo más allá de la virtualidad —en la que ahora existimos—, todo es completamente ajeno. Todo es… no sé, ¿menos real? A veces creo que ya me acostumbré y a veces me muero por verle la cara a alguien más y abrazar a mi mamá. Ya ni sé qué es besar o tener sexo. Ya ni me importa. Para mí el amor romántico, en estos tiempos, es innecesario. A la final, el aislamiento se ha vuelto insoportable y generalmente maldigo al mundo porque en las vísperas de mis 20 no quiero estar encerrada. El deseo ya no existe. Ni sexual ni amoroso ni profesional ni amistoso ni nada de nada de nada de nada de nada.

Vivo en piloto automático.

Hace poco, le mostré a Juan ‘A Crow Looked at Me’ —álbum de Mount Eerie—, y lo reescuché después de meses sin hacerlo.

Analizamos un par de canciones, después él cayó desconsolado en el sofá. Todo fue casualidad. A propósito, en estos días se cumplen meses exactos de otro hecho desafortunado y desolador. Otra cosa que ha causado la pandemia: hechos desafortunados. ¿Qué más desolador que el mundo en pausa y perpetuo silencio después de las 18:00? Entre tanto pensarlo, como el análisis minucioso de ‘A Crow Looked at Me’, esta noche le llegó la hora a Valentín y los Volcanes, banda fundada en La Plata, en el año 2009. Representantes del indie rock argentino, género que, para nadie un secreto, es mi favorito.

De tantas críticas que le pueden hacer al indie argentino, no pretendo en esta crónica venir a defenderlo. Ya muchos me han dicho que musicalmente es algo poco apreciable. Pero yo de música no sé. Yo me fijo en el valor literario de las cosas. Y puede ser simple, pero como este género me ha acompañado durante mi vida —y apoyado en todo mi proceso de extranjería—, le agrego un valor significativo. Qué más importante para mí que sea la música lo único que me ha ayudado a no sentirme una extraña tan extraña en este desierto.

Igualmente, para los que les gusta analizar la música desde el género y la técnica, les cito a Wikipedia (fuente poco confiable): Valentín y los Volcanes combina el New Wave con el Shoegaze (The Pastels, The Vaselines), atravesado por el rock nacional argentino de bandas como Virus o Estelares y el rock alternativo como The Cure, R.E.M., Pavement y Yuck. Ya ustedes mirarán qué hacen con esa información.

En la noche del jueves, después de una ardua y tediosa discusión y análisis sobre estadísticas del COVID-19 con un amigo que vive en Colombia, me vi en la necesidad de salir a dar una vuelta.

Para mí, este ya es un tema que me causa ansiedad, no por eso desinterés. Salí y casualmente —aunque yo no sé, no creo mucho en las casualidades—, tenía físicas ganas de escuchar ‘Todos los Sábados del Mundo’, álbum lanzado en el 2009 por la banda.

La verdad, no sé por qué este álbum. Si bien ya lo había escuchado antes, nunca le había prestado la suficiente atención. Era un álbum para poner de fondo y no sentirme sola cuando hacía otras cosas; como esos en los que uno tararea todas las canciones, pero no se sabe ninguna. Esto no es un insulto, ni mucho menos. Qué más gratificante que hacer otras actividades bailando.

Fui caminando hacia Av. Santa Fe y me senté en mi lugar favorito, en este momento, para pensar. Allí es donde Juan y yo solemos ir a pasear, despejarnos y montar bicicleta.

Intentaré describirlo, pero no escribo cosas no-académicas hace años. En la estación de Palermo, que queda en una acera de Av. Santa Fe —junto con Av. Corrientes, una de las avenidas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires—, cruza Av. Int. Bullrich; esta, a su vez, es una avenida que tiene a su costado derecho —mirando hacia el norte—, un paseo con zonas verdes y grandes edificios a su alrededor. Además de una biciruta, una feria y un puente donde pasa el tren Mitre. El lugar te hace sentir minúsculo, una pequeña molécula en el mundo. Solo puedes mirar hacia arriba, y ver los edificios empresariales y residenciales, con una arquitectura que yo personalmente nunca había visto. No he viajado tanto en mi vida.

No lo recuerdo bien. Seguramente la primera vez que fui con Juan, él lanzó su chiste montañero favorito “No, no, no, no, Tania, vea esto, prácticamente es Central Park”, en un exagerado acento paisa provincial.

Allí me siento como una niña colombiana extranjera, una niña que no ha cumplido los 20 y para la cual todo es desconocido. Me gusta este sentimiento de minúscula, me hace sentir tranquila.

Allí me senté en una zona verde, al lado de una obra en construcción. El paseo estaba totalmente solo y oscuro. Al principio me dio miedo, pero creo que intrépida siempre he sido. Prendí un cigarrillo y empecé a escuchar el disco en aleatorio.

El álbum comenzó con ‘Los Chicos de Orense’, su tercera canción. La voz de Jo Goyeneche, vocalista, canta “Dejemos todo y vámonos de esta ciudad”, junto a un breve rasgueo de guitarra. Luego empieza la musicalización total: batería y el tan aclamado bajo de Francisco de La Canal. Ya en ese momento segregaba fuertes cantidades de serotonina.

Después, Jo dice “Los Chicos de Orense no dormirán jamás, los días felices no están hechos para vos, y el tren que pasa muy lento te habla de amor”. En esos segundos de la canción, me sentí —como nunca antes en este aislamiento—, viva. El último tren de la noche pasó con Los Chicos de Orense, o nosotros.

El insomnio.

Los días felices no existen para nosotros.

Cuando el sol se va empezamos a hablar.

Sigue “Las chicas cavan las tumbas donde dormiremos mañana”. Qué frase más hermosa, la quiero de epitafio. “Quiero caminar con vos y llenarme los ojos de sueños de homeless que solo saben cantar, que vivirán.”

Como anillo al dedo, Orense es una localidad al sur de la provincia de Buenos Aires que es reconocida por su balneario, gran atractivo turístico. Ahí pensé en Colombia, por lo el atractivo turístico.

Juan y yo, sí, Los Chicos de Orense. Homeless, nosotros. Juan canta, yo a veces lo intento ¿Ah? Viviremos. Después de pensar todo esto, y que todo pasara tan coincidencialmente, me sentí estúpida. Estúpida y feliz. Pero qué más que la música para escucharla a nuestro antojo y hacerla coincidir con cuantas situaciones nos dé la gana.

Luego de esta canción —y ya con toda la emoción que tenía el momento—, siguió ‘Antenas Gigantes’, onceava canción del álbum. La verdad me costó entenderla, pero a la final la acomode a mi antojo. La canción empieza con un suave guitarreo y piano. Jo canta “Mis dos antenas gigantes parecen robots”. No sé a qué se refiere eso. Ahí me desanimé. En ese momento, pasó un señor, habitante de calle, por la acera, me miró y me empezó a hablar a los lejos. Sentí miedo, quise irme, pero no quería dañar el momento. Luego escuché “Nuestro reloj hace tic tac desafinado, debe ser del hombre desencantado”. El señor me pidió encendedor y cogió un paquete de papas medio vacío que había tirado en el suelo, se fue caminando y yo me tranquilicé. Pensé que él era el hombre desencantado. Más tarde me dije que el hombre desencantado podría ser algún tipo de figura creadora que nos tiene a todos ignorados, o algo así. En fin.

Me sentí estúpida de nuevo.

Me desanimé porque no entendí la canción y empecé a caminar hacia Bosques de Palermo.

Todo seguía solo y oscuro.

No me importaba mucho eso.

Después me regañé mentalmente por nunca haberle puesto serio cuidado a Todos los Sábados del Mundo.

Casualmente, sonó ‘No Veo la Hora de Ver la Hora’.

Lejos de ser para mí un álbum sobre romance —o tercamente no queriendo en ese momento atribuirlo a que fue inspirado en el amor romántico—, le adjudiqué esa canción al aislamiento preventivo. La canción empieza con “Desencantado de estar desencantado (aaaaa), aburrido de estar aburrido (aaaaa), no veo la hora de ver la hora”.

Creo que no necesito explicarlo. Me sentí identificada.

Luego sigue el coro, diciendo lo mismo con pequeñas variaciones en las palabras.

Jo interpreta “Nos encontraré perdidos entre la multitud, mientras todo el mundo canta esos coros (coros, coros)…¡Vamos, vamos, vamos prendiendo fuego a nuestros regalos; llegan, llegan, llegan, buenas noches vendrán”.

Cuando dice “mientras todo el mundo canta esos coros”, pensé en los cacerolazos que acá suceden en las noches o en las quejas de la multitud sobre las políticas públicas que han puesto los gobiernos en esta confusión epidémica.

No sé, soy una mamerta.

Eso sí, para mí, es una canción esperanzadora en medio de esta situación. Sobre todo porque termina con un “nuevas buenas noches vendrán´” y un largo final musical al ritmo del indie, característico de este género.

Después de eso, siguió ‘Pequeña Napoleón’, mi canción favorita del álbum.

Esa sí me la sabía de memoria. La canté a gritos. Nadie me miraba.

Yo, con mi infinita capacidad de coincidir letras de canciones a situaciones absurdas, esta vez me la adjudiqué frente a la pandemia.

Otra canción esperanzadora para este momento del mundo.

Se empañan las ventanillas del tren en el que nos escapamos

cuando la tormenta caiga diré: tormenta te saludamos.

Y cada día será una noche mientras tu madre te extraña (parte escalofriante)

cuando la tormenta caiga diré: tormenta yo te saludo.

Mi pequeña Napoleón, mi pequeña Napoleón

a quién irás a conquistar en este día.

 

Mi pequeña napoleón, a qué región recóndita conquistarás —o enfermarás—, en este día.

Por último, dejaré la letra de ‘La Maravillosa Muerte de Alguien Más’ para que ustedes, lejos de mis seguramente falaces y egoístas interpretaciones, piensen lo que sientan.

Otra guerra invisible acá.

Qué intenso verte bien,

Actuando estar bien.

El terror al lugar común es el nuevo lugar común.

Buenas noches para los dos,

Necesito dormir un año o dos.

Feliz día a mi soledad,

Será feliz mentir, ya fue.

Buenas noches para los dos,

Necesito dormir un año o dos.

Feliz día a mi soledad,

Será feliz mentir, ya fue.

Para mí, ‘Todos los Sábados del Mundo’ —más allá del significado romántico que los demás le quieran adjudicar—, sí o sí es un álbum que habla sobre la amistad de forma nostálgica. Sobre el encuentro y el desencuentro, la muerte y la casualidad. Es la narración de los pequeños momentos que se pueden vivir con otros, de los sentimientos de compañía y soledad.

Es un álbum perfecto para escuchar en el aislamiento, cuando el mundo afuera es un caos. En este momento, todos hablamos poco y dormimos menos. Como lo dice ‘Mapas Quebrados’ en su letra: “Un día más y ya van dos mil, parece tanto tiempo, el lago en que nadamos ya es un cráter seco.”

Todos nosotros algún día fundaremos el club de Idiotas Adorables. Tenemos rodeado todo este lugar con nuestras historias trágicas. Eso sí “reíremos idiotas en la noche más gloriosa”.

‘Todos los Sábados del mundo’ es una oda al tren que pasó y que nos habla de amor, y a la nostalgia que nos deja recordar cuando podíamos vernos frente a frente, abrazarnos, besarnos y charlar.

Quisiera que Colombia me dedicara ‘La Nube Eléctrica’, sobre todo por mi situación de extranjería. Les dejo la letra, dedíquensela  ustedes a quién o a lo que crean conveniente.

En el futuro te volveré a ver,
Adonde sea que sea que estés.
Y esta tormenta dio la música perfecta.

Hoy vi tus discos como panes,
Mordidos con huellas de tus dientes.

Qué vacaciones,
El mundo en pausa espera.

Suenan tambores,
La nube eléctrica,
Serás feliz a dónde estés.

Tu nuevo barrio, la extraña espera.
Ya hicimos todo lo que esperabas,
Los flashes de la tormenta están
En esta casa,
Que aún es tu casa también.

Cuando llegué a mi apartamento, me canté y dediqué a mí misma ‘La Novia Robada’

“Media noche, hoy he envejecido un poco más. Mala suerte, soy el hijo de la oscuridad”

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