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ANUNCIOS DEL FIN DEL MUNDO: DESDE ABAJO TE DEVORA FEST

Fotografías por: Rodrigo Bastidas

Ruidos para el alma. Desde la catacumba de la escena bogotana se logró la congregación audaz de sonidos de brutalidad sensible que se dieron en el Desde Abajo te Devora Fest, iniciativa que logra converger el ruido insolente, el ruido libertario, el bullicio del desahogo que muchos oídos necesitan para darle paz a sus espíritus. Dos escenarios fueron artífices del llamado al estallido, Casa Zeb y Acto Latino, que en plena semana Bolivariana hicieron su propia emancipación a través de la música. En estas leas nos ocuparemos de la jornada sabatina en Acto Latino. 

Escritos de artes ocultas y panties vegetarianos dieron la bienvenida en el pequeño universo del merchandising independiente, una zona pequeña pero confortable de ventas que llama a no rendirse en la autogestión. Pasos adentro, el teatro, cueva perfecta para la detonación. La primera que percibo proviene de Hermanos Menores, dispuestos a la lucha cuerpo a cuerpo, tímpano a tímpano, promoviendo el endurecido álbum Las Ciudades Devoran Pueblos, el segundo de este power trío, salvaje, inflexible y angustiosamente apocalíptico. Noise depredador de alrededor de 20 minutos en tarima.

La distorsión se acicala. A tarima se sube la gente de No Soy Único en el Mundo. Promotores de un caos sincronizado, artesanos del desorden in crescendo, una de las cuotas más interesantes del festival que sin uso de vocales desplegaron energía post-rock en su punto de estrépito más virtuoso, y de la que se espera un demo a fines de año. La tarde subterránea continuó con la estridente tristeza de La Falsa Sensación de Avanzar, screamo de Medellín, dosis de gritos lastimeros a dos voces que desahogaron Aquellas cosas que se Van, EP reciente apto para los amantes de la lágrima inquieta.

 

En los pasillos del festival los músicos son mortales sosegados de voz suave y anonimato parsimonioso, que se rompe de forma abrupta al verlos ante el micrófono. Sucedió con Cristian, vocalista de Vorágine. Su ceño muta, poseso, invocando el Aquelarre, infestado por el post-hardcore, las atmósferas siderales y el pavor apocalíptico que produce su banda, entre guitarras que expelen cólera oscura, teclados femeninos de aflicción solemne y una guturalidad vocal que se despeña con inquina. Cristian baja del escenario y le pasa la posta a Darcy, voz de Muro, otro mortal que nos llevó hasta el desbarrancadero con su rabia sin igual y un Ataque Hardcore Punk sin concesiones, sudor epiléptico, crujidos en el organismo y desorden en la consola que casi no controla la jauría sonora. A pesar de las tambaleantes fallas de sonido, Muro fue la banda del estremecimiento masivo del Devora Fest.

 

Empezaron a vaciarse los recipientes de empanadas vegetarianas. Camisetas a la venta, casetes prensados en economía de guerra y algunos CDs seguían siendo el decorado vecinal. De fondo, sonaban desde Portland los Old City, la cuota forastera en formato power trío con un punk cervecero y sonidos hard, frustraciones sociales anglófonas que vociferaron después de su gira en cuatro ciudades del país. Entonces, arribó el virtuosismo chirri. Los Pistoloss eran otra cosa. Un mareo crossover audaz, rabias contenidas entre teclados precisos, solos de guitarra de rock clásico entre riffs desapacibles y episodios de psicodelia desaliñada, hombres invisibles de gafas oscuras dándole gusto a Pistolín, su mascota de dichas y penas, aquel bichito de pogos achispados y desventuras musicales que los acompañó a lanzar su disco YNPD. Un performance limpio que le dio pequeñas licencias a los parlantes para un respiro.

 

El comienzo del final fue Final. Punk de menos revoluciones, pero no menos intenso con un guitarrista al duplicado, Juan David (Muro) a su segundo turno gastando laringe y la grata presencia de Ximena, batería femenina, distinción para la crudeza, tocándole a la Muerte y la Obsolescencia Humana.  El cese fue Trampa, punk desbocado sin concesiones con su vocalista poseído por el desenfreno y los instrumentos listos para la conflagración, exposición pura de delirio ruidoso que dejó agotados los decibeles.

 

Lo prometido cometido. Los parlantes exhaustos. Los tímpanos conturbados. Los artistas satisfechos por el deber cumplido. Los asistentes satisfechos por el oír cumplido. Desde Abajo te Devora Fest bajó el telón a una medianoche que recogió los anuncios del fin del mundo entre la estridencia musical. El escenario se cierra. Pero irá conspirando despaciosamente un nuevo grito para dejarnos llevar por su voraz ansia de mantenerse vivo.

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