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black midi: ¿El gateo post-mortem de las posibilidades del rock?

Schlagenheim - black midi

 

En él hay un aire de lúdica encargada de recomponer todos los quiebres modernistas del género rock desde finales del siglo pasado hasta la actualidad como si fuesen unos ingenieros dementes manejando una fantástica y colosal picadora.

 

En los últimos tres meses me he encontrado inmerso en discusiones reincidentes en las que protagonizamos giros inconclusos en torno a cómo el ambiente cultural en los últimos cuatro años se ha transformado de manera drástica. Por un lado hemos observado la violenta apertura de una brecha generacional dónde el rock como lenguaje musical ha dejado de ser culturalmente relevante. Esto es algo que debería verse bajo una luz positiva: por lo menos ya podemos vislumbrar un leve impacto de futuridad musical que pueda ir más allá de la blanda mitología masculina y blanca del rock, y de los gibosos bastardos nacidos bajo el signo de este bostezo con motivos tan predecibles como los prefijos post- que los denominan. No fue sino que se diese una revitalización de la corriente afro-futurista a principios de esta década para que germinaran figuras musicales excepcionales encargadas de carcomer incesantemente y heterogéneamente las pútridas estructuras de estos antiquísimos formatos de la música popular.

 

Por otro lado, en estas conversaciones hemos sentido que nos encontramos dentro una creciente precarización de la escena cultural internacional durante los últimos años de la década de los 2010s, tanto en un sentimiento personal en el que hemos percibido una escisión cada vez más grande de la esfera cultural de la esfera cotidiana (el sentimiento de que no hay eventos culturales que logren sacudir masivamente nuestro tejido social, o por lo menos no en la misma magnitud que hace dos o tres décadas atrás) y de la falta de capital suficiente para la movilización e incentivación de la conformación de escenas, movimientos o individuos que necesitan el apoyo monetario y comunitario suficiente para conformar una expresión cultural particular. Pareciese que en estos últimos años los únicos capaces de conformar una expresión o comentario cultural de cualquier tipo fuesen agentes con el capital o privilegio socio-cultural idóneo.

 

Es en este contexto en qué me pregunto, ¿por qué black midi?, ¿por qué debemos prestarle atención a una banda guitarro-céntrica, conformada en su mayoría por individuos blancos, masculinos, y que se encuentran asegurados bajo el manto de la seguridad financiera de Europa en pleno Siglo XXI? Y a pesar de hacerme esta pregunta, yo y ustedes sabemos que este disco conformará un culto de oyentes a-críticos velozmente enceguecidos por los impactantes brotes de genialidad que logra sintetizar la banda (¿y cómo no hacerlo?). Oyentes que estarían dispuestos a cargar nuevamente sobre sus espaldas la tabla sagrada de marfil inscrita con las inmundas siglas de: la salvación del rock a partir del lanzamiento oficial de este disco, entre la larga lista de declaraciones absurdas como mesiánicas que leeremos y escucharemos hasta el cansancio en los próximos días, meses y –aquí predigo- años sobre esta banda Londinense.

 

 

Efectivamente, sí, este es el momento más álgido para este tipo de expresión cultural que es considerada mayoritariamente entre los jóvenes escuchas como anacrónica. Y a pesar de eso, en los últimos meses la prensa musical global se ha encargado en sobre-inflar la repentina aparición de la figura de black midi sobre el mapa cultural de muchos de estos escuchas. Y francamente, yo también caí profundamente en la trampa, y esperaba ansiosamente el resultado después de observar una frenética presentación registrada por KEXP en el 2018. Así que, ¿cumple black midi con las promesas y expectativas? Responderé primero con un: no. ¿Por qué? Porque mi intención no recae en intentar corresponder un prospecto cuasi-religioso con una propuesta cultural -y ver si un prospecto delirante empalma con la realidad de esta propuesta-, cuando sé que detrás de ella se encuentran cuatro seres-humanos que están esforzándose de manera precoz (considerando que los integrantes de black midi promedian los 17 años de edad) en construir un lenguaje propio dentro de un campo moribundo e híper-saturado.

 

No son dioses. Nunca lo serán. Y no merecen ser tratados como tal. Ahora, lo que sí puedo decir sobre black midi es que son unos chicos británicos que por lo que percibo muy superficialmente la pasan bomba en lo que hacen, y que por lo que he escuchado en este disco, exuden inventivas musicales de manera maníaca en cada ángulo inesperado de las canciones excesivamente compactas y finamente redondeadas de este debut: procesan sus instrumentos como los engranajes de una máquina bien aceitada. Teniendo todo esto en cuenta, lo que más me llama la atención de este proyecto es que hay algo profundamente gozoso en el disco que decidieron llamar Schlagenheim. En él hay un aire de lúdica encargada de recomponer todos los quiebres modernistas del género rock desde finales del siglo pasado hasta la actualidad como si fuesen unos ingenieros dementes manejando una fantástica y colosal picadora. El resultado de este proceso es una masa informe reflejada en el distorsionado laberinto de espejos que la banda ha dispuesto para que seamos violentamente succionados, espejos de aristas pulverizadas que intentan deformar aquella masa desgonsajada hasta vomitarla en lo limítrofe de su propia imagen. No llegan del todo, pero lo intentan. Truculentamente.

 

Y al seguir escuchando se me ocurre que este disco representa un intento de dar una posible respuesta a la licuefacción del rock a principios de los 90’s. Una difícil respuesta al, ¿qué pasaría después de un Disco Inferno, Slint, My Bloody Valentine o Talk Talk? Un después que de por sí anda gestándose tímidamente en uno que otro acto popular (¿tal vez Storm and Stress intentó llegar ahí en los dosmiles?), pero que no ha sido compuesto en una propuesta tan sólida como la de S-c-h-l-a-g-e-n-h-e-i-m. Desde la gélida mecatrónica de ‘953’ que funciona como un temible Eye Shaking King chocando a la velocidad del flash en un desagradable accidente de autopista con Bitch Magnet para la alegre sorpresa de la generación Z, la baba bizarra que brota de los poros de las dinámicas esquizoides de ‘bmbmbm’, el muzak androide para los engendros trans-especies de  ‘Speedway’, el masticable elástico desmembrador de dientes de ‘Years Ago’, el punk denso y hojalatero de ‘Near DT, MI’, el largo tributo al funk mutante de Talking Heads en el cierre de ‘Ducter’. En fin, las opciones abundan. Sin embargo, ¿es este el futuro del cadaveroso cuerpo del rock? No, definitivamente no. Pero por poco podría decirse que sí.

Cortes recomendados: ‘bmbmbm’, ‘Speedway’, ‘953’, ‘Years Ago’.

 

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