Molde

En la ausencia de Michael Haneke.

A Haneke parece gustarle dejar al espectador con la sensación de que algo falta. No es la trama, ni la narración, ni mucho menos la calidad. Es algo más común, más obvio. A pesar de esta sensación, uno se detiene un poco a pensar, a analizar lo que acaba de ver, y descubre que, en realidad, esa sensación no está en la película, sino en uno mismo: lo que falta es interpretar.

En estos tiempos, la producción masiva de películas comerciales ha llevado a un extremo ridículamente escaso, por no decir nulo, la capacidad de síntesis y de interpretación del público.

Las tramas fofas y los clichés son parte del día a día de las proyecciones en las mayores salas de cine de este país —Colombia—, en las que gran parte de la cartelera está compuesta por producciones hollywoodenses. En gran medida, esta situación es la principal razón de la ausencia que hay en Michael Haneke. Queremos que nos cuenten todo, y él no lo hace; prefiere dejarnos imaginar. De ahí que sus películas no suelan gustarle a la masa.

El estilo de Haneke, su firma, lleva consigo un aire de la vieja escuela europea y rusa. Se nota la influencia de directores como el sueco Ingmar Bergman y el ruso Andréi Tarkovski. Sus tramas humanas, desgarradas pero sencillas, lo acercan bastante al director sueco. Y allí está la otra parte del porqué del vacío, de la ausencia que deja Haneke: en la narración, en las tramas.

La costumbre occidental es dejarlo todo para el final; el desenlace es comúnmente la parte fuerte de la narración. Haneke no lo hace. Rompe el esquema occidental y concentra la fuerza de la historia en los puntos centrales, o anteriores al final, y deja que el final se dé por sí mismo, caiga casualmente, como en la vida. Parece una costumbre tomada de oriente, de Japón, en especial. No me atrevería a afirmarlo, pero da la impresión de que entre sus influencias hay vestigios de la literatura nipona del siglo pasado. Tiene un aire a Kawabata, o a Mishima.

Las escenas sencillas, sin muchos arreglos, agregan realismo a la historia. El silencio es protagonista. Ninguna imagen parece puesta por descuido o por el azar. En Amour, las palomas parecen un detalle suelto, pero resultan siendo el ancla de la historia, la pista clave para resolver el misterio final. Los escenarios son cercanos, cotidianos. Llega uno a pensar que sus películas pudieron ser rodadas en nuestro barrio, en nuestra casa. Estos detalles parecen decir algo; muestran, o parecen mostrar, la filosofía detrás de Michael Haneke: lo sencillo también puede ser llamativo, provocativo. O, en sus propias palabras:

“Todo el que infringe la corriente principal de pensamiento, y no me refiero sólo al cine, generalmente es provocativo. Cualquiera que sea la antítesis a la norma y a la forma convencional, se le llama obsceno y provocativo. Así que espero que todas mis películas sean obscenas y provocativas”.

 

Al ver sus largometrajes, lo único que se puede hacer para evitar su ausencia es dejarse provocar, e intentar intuir de qué forma lo hace, o con qué fin, sin esperar más.

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