Molde

Hoy sabe a rock, a cerveza y malestar: de la casita del rock a los grandes escenarios

Fotografía por: Edith Hurtado
Edición por: Tania Rivera y Sonia Cano

Es primero de noviembre, son las diez de la noche y no estoy muy seguro de porqué escribo esto. Hace menos de media hora estuve conversando con una amiga sobre lo que está sucediendo últimamente con la música en Bogotá; acaba de pasar el ya tan icónico, tan esperado, Festival Hermoso Ruido y Bogotá apenas se recupera de lo que fue el mes de octubre en cuestión cultural. Yo también lo hago mientras trato de superar esta suerte de síndrome de nido vacío que me dejó la partida de El Cómodo Silencio de Los Que Hablan Poco a tierras mexicanas tras su paso por Colombia. Es que uno se mete en el cuento, pero después se da cuenta de que aún queda camino por recorrer y la felicidad se le pasa.

Seguramente, cuando termine de escribir este artículo sea dos o tres de noviembre; mediodía o las seis de la tarde y quizá ya me esté comenzando a entrar el miedo del no-saber qué pueda pasar con esta suerte de ejercicio que estoy a punto de redactar/entregar al mundo. Ojalá comenzar a escribir la tesis fuera tan fácil como lo han sido ya estos dos párrafos. A fin de cuentas, hago esto para no tener que pensar tanto en ella, pero al mismo tiempo hacerlo casi que de manera obsesiva porque el tiempo apremia y no hay ninguna palabra sobre las páginas que pronto debo entregar. No importa. A veces puedo sentir el tan anhelado cartón sobre mis manos.

¿Qué tipo de escrito es este que dentro de poco verá la luz? Ya ustedes me lo dirán.

*

Sé que a pocos, o nadie, le importa lo que fue de mi vida durante la adolescencia, pero primero hablaré de mí para poder hablar de los demás.

Considero que crecí fuera de todo lo que para mi época en el colegio estaba establecido y era socialmente aceptado. Nunca me importó ni me gustó salir cada ocho días de fiesta o tomar en la casa de alguno de mis compañeros. Mientras la mayoría de mis contemporáneos esperaba con ansias el viernes para poder salir a tomar cerveza en alguna tienda cercana, a los doce o trece años, yo lo único que esperaba del fin de semana era poder salir a ver alguna banda.

Antes de que existiera Nicolás y Los Fumadores, de Santiago García y Los Pantalones Elegantes, de Manniax y Stallone, exisitió —o al menos eso creo— una pequeña escena que fue la semilla de la que germinó todo lo que conocemos hoy en día acá en la ciudad. Y es que esto no es algo que se me ocurrió hace media hora y ya, a escribir; sino que hace parte de un proceso en el que he estado involucrado desde muy pequeño y del que he aprendido bastante, aprendizaje que, quizá, me permite hablar de todas estas cosas el día de hoy.

La casita del rock

Lo que hoy día es un concesionario de alta gama (?), hace cinco o seis años fue uno de los espacios que en su momento llegó a ser clave para lo que hoy conocemos como la actual «escena» independiente bogotana, la nevera o como ustedes la quieran llamar. Allí, donde hoy día hay una vitrina, fui y fuimos testigos del nacimiento de una de las generaciones (¿generaciones?) más relevantes para la actual música en Colombia.

Entre tablas caídas, morros de arena y tierra, ladrillos, puntillas, una cocina caída, una pequeña fogata —siempre alimentada en el espacio correspondiente del comedor— y un segundo piso al que teníamos que acceder con un viejo Nokia 1616 para poder entrar al baño, La Casita del Rock fue un espacio clave para el surgimiento de algunos de los nombres que hacen parte de este texto.

Tenía trece años, casi recién cumplidos, cuando una banda conformada por tres muchachos —que apenas si me llevaban dos o tres años de edad— me cambiaron la forma de entender la música que hasta ese entonces había estado escuchando. Fiel seguidor de The Beatles, Pink Floyd y Sui Géneris, Cronopios fue la banda que me estalló la burbuja y que me presentó una visión mucho más «real» de la música (al menos a nivel nacional).

Por ese entonces no escuchaba ninguna o casi ninguna banda colombiana. A duras penas me sabía las canciones de Odio a Botero y a duras penas me dejaban salir de la casa. No tenía novia y mis amigos estaban en las mismas que yo. De todas formas, no fueron malos tiempos.

Sin embargo, la banda conformada por Richard David Barake (voz y guitarra), Juan Carlos Sánchez (batería) y Nicolás Correa (bajo) —sí, de Nicolás y Los Fumadores—, fueron los encargados de abrirme la puerta a lo que de alguna u otra manera marcaría el rumbo de mi vida y me traería hasta donde estoy hoy. Por supuesto, no fueron solo ellos, también hay un par de nombres más, pero de ellos hablaré más adelante.

En realidad, Cronopios estuvo dando lora desde el 2010 hasta el 2012. A pesar de su corta carrera, esta banda marcó, de alguna manera, un antes y un después en ese primer intento de hacer música dentro de nuestro parche. Para el 2010 ya contaban con un sencillo y su correspondiente vídeo, ¿Usted está loco señor? fue la primera muestra de lo que este trío quería presentar: una apuesta grunge con ciertas aproximaciones al noise y al post-punk; era como escuchar y ver a Nirvana y Sonic Youth en el mismo escenario. La energía, la fuerza de las canciones y toda esa visceralidad que proyectaban siempre se sentía como un disparo al aire. No se sabía dónde iba a caer la bala, de lo único que se tenía certeza era de que en cualquier momento iba a impactar.

La repercusión que tuvo esta banda fue tan grande que su música y su nombre no se quedaron solo en Bogotá, sino que también llegaron hasta argentina y españa, donde seguidores los pedían y algunas bandas del continente los recomendaban entre sus seguidores. Fuera del ruido que generó el voz a voz y los vídeos en baja calidad que aún se pueden encontrar en YouTube, páginas como Movimiento del ruido The Plasticos también fueron clave para la difusión de la banda.

Durante sus dos, casi tres años de vida, Cronopios llegó a presentarse un buen número de veces en los espacios que ofrecía la ciudad en ese entonces, además de sumar shows en teatros como el de Servitá (ubicado al lado del Hospital Simón Bolívar) y el Teatro Quimera (ubicado en la 70 con 19). De ese momento quedaron recuerdos de presentaciones junto a bandas como Novia Cádaver, Bliss y The Kitsch. 

Cliché, su primer y único álbum —además de un par de sencillos y EP’s que ya no existen sino en los discos duros de aquellos que de manera pirata los bajaron de Soundcloud—, considero yo, fue uno de los detonantes para el surgimiento de los primeros sencillos que conocimos de Novia Cadáver y Bliss, además del nacimiento de otro buen par de grupos que desaparecieron tras su show debut y que aún hoy día se me pasan por la cabeza mientras trato de acordarme de su nombre. Seguramente, alguno de ustedes se acuerda un grupo llamado Sofi y Los Supersónicos, o algo por el estilo.

Este álbum, compuesto por once canciones que trazaban un recorrido, cada vez más ruidoso, cada vez más frenético, fue la muestra de que entre lo independiente —que en ese momento no era independiente ni era escena ni nada— se estaba comenzando a gestar algo importante, algo que con la suficiente fuerza e impulso podía llegar incluso más lejos de donde se lo estaba pidiendo casi que a gritos.

Sin embargo, tras un largo año de silencio y un último show que no fue el mejor, la banda se separó.

Hoy sabe a rock, a cerveza y malestar

La llama que pronto se extinguiría también trajo consigo el nacimiento de otras bandas que fueron clave dentro de la consolidación de aquella pequeña escena. Armados de celulares o algunos pocos equipos que les permitieran grabar sus primeras canciones, La Casita del Rock también vio nacer nombres como Novia Cadáver Rhodes.

Compuesta por Laura Mójica (guitarra), Paula Pedraza (voz/guitarra) —por supuesto, de Stallone— , Felipe Torres (batería) —mejor conocido como Satän/Petricor— y Felipe Velásquez (bajo) —de Nicolás y Los Fumadores—, Novia Cadáver hizo parte de esta juventud sónica que en medio del DIY, el desenfreno que nos dejó el 2011 y cierta influencia de esta actitud punk con la que vivíamos hace ya casi una década (¿y seguimos viviendo?) también se hizo escuchar gracias a la unicidad de su música y la fuerza que imprimían durante sus presentaciones

Aún existente en Soundcloud, su único sencillo titulado Sofi marcó, de alguna manera, el rumbo de la música que se había estado haciendo hasta ese entonces. Apenas compuesta por voz y guitarra, Paula dejó ver que el pop y el alternativo también podían coexistir, no solo en lo digital, sino también en vivo. Aunque solo tuve la oportunidad de verlas una vez, aquel show de undía de noviembre me bastó para darme cuenta de que detrás de ese extraño y sombrío nombre existía una de las apuestas fuertes de la casa.

Poco tiempo después del último show que se celebró en La Casita, Novia Cadáver se disolvió y no volví a saber de sus miembros sino hasta varios años después cuando comencé a encontrar a sus miembros en otros proyectos que contaron con la suerte de vivir y de convertirse en algunas de las bandas favoritas de hoy; por eso han alcanzado medios como El Tiempo y su Martes de Indie, City Tv o Radiónica, además de lograr reseñas por parte de El Enemigo o LaPopLife.

La también desaparecida Rhodes —después bautizada como Rodes— fue la apuesta alternativa del parche. Influenciados por bandas como Arctic Monkeys y Red Hot Chili Peppers, el antes cuarteto integrado por Andrés Granados (batería) —que hoy hace parte del proyecto Paraisso—, Santiago el profe García (guitarra/teclados/voz) —conocido por ser la voz principal de Nicolás y Los Fumadores—, David Pérez (bajo) y Juan Roa (guitarra) se convirtió en esa banda a la que uno iba a ver para poder cantar «clásicos» como Rock and Roll, de Led Zeppelin o Last Nite, de The Strokes.

Aunque contaron con la suerte de vivir un par de años más —porque lo último que volví a saber de ellos fue hace dos años cuando lanzaron su primer y único sencillo titulado Whisper Call—, la banda también terminó por desaparecer de la ya mejor llamada escena a principios del 2016. De ellos tengo el recuerdo de presentaciones en lugares como la sala de ensayo Rockstar o un antiguo restaurante que solía estar ubicado abajo de la Universidad Javeriana casi llegando a la estación de la 39.

Sus shows tenían esa cuestión memorable en la que todos terminábamos casi abrazados, y apretados, en medio de canciones que todos cantábamos al unisono mientras sacudíamos nuestras cabezas con desenfreno. Su mediana carrera —que espero un día vuelva a ser igual de importante que hace unos años— fue la muestra de que la semilla que una vez se plantó en La Casita seguía dando grandes y bellos frutos. Los más brillantes.

La época de transición

Si alguno de usted llegó a este punto y se está pregunto por qué, entonces, después de todo esto, no he nombrado a Bliss, no se preocupe, para allá vamos: dentro de esta camada que vio nacer a Cronopios y Novia Cadáver también se encontraba Bliss, pero con ellos la vida fue un poco más favorable y les permitió llegar hasta donde se encuentran el día de hoy. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde eso? Ocho años.

Nuevamente, para mí, la historia se parte en dos y sobre el calendario vuelvo a marcar una fecha importante: 2012.

Los conocí cuando tenía 14 años y ellos 16 o 17, estábamos al otro lado del charco —en la isla de Malta— y yo a duras penas estaba comenzando a escuchar la música de las 1280 Almas. Poco o nada conocía del indie y mis primeras aproximaciones al grunge se estaban comenzando a dar. De vez en cuando se me cruzaba por la cabeza una canción de Nirvana.

Entre toda la cantidad de publicaciones innecesarias que solía mostrarme Facebook —porque antes me encontraba con un timeline llenó de estados estúpidos, fotos de fiestas a las que nunca querría asistir y mensajes motivacionales de algún familiar— casi como si se tratase de una luz divina, o de un faro de luz, apareció el perfil que solía tener Bliss en la plataforma musical Reverb Nation. ¿Qué pasó después de eso? Amor a primera vista (o escucha, más bien).

Influenciados por bandas como Radiohead, The Libertines, Nirvana y Franz Ferdinand, Cristian Cifuentes (bajo), Santiago Tilo Gómez (batería), Christian Montoya (guitarra/voz) y Jorge Piragua (guitarra) lanzaron sus primeros demos, que solían existir —como tesoros muy bien guardados— en páginas como Reverb Nation, Soundcloud y YouTube, y dieron la muestra suficiente para que alrededor de ellos también se creara un nombre y se les recibiera dentro del circuito que ya se había formado y del que hacían parte desde el 2010.

Entre ese año y el 2013, su reducido, pero siempre fiel, público fue testigo de cómo surgían canciones que una a una mejoraban y aumentaban en cuanto a nivel de composición y «producción»; así, se creó una suerte de línea del tiempo que fue marcando momentos en su carrera: primero Octopia, sencillo del 2010; luego, Love y Maximum Pressure, cortes que pasaban los seis o siete minutos, que presentaban una cara mucho más experimental y entregada al rock psicodélico; o los primeros adelantos de lo que más adelante sería su primer EP: Scary Shadows (2014).

De ese momento al día de hoy, la banda ha crecido, se ha reinventado, integró a Juan Antonio Carulla (voz/teclados/guitarra) y hace un par de meses lanzaron su primer álbum titulado Deimos, del cual escribí un canción por canción a las tres semanas de su lanzamiento. Para quien no la ha leído, acá mismo la puede encontrar. Sobre este álbum, que por supuesto se encuentra entre mis favoritos del 2018, dije lo siguiente:

Como prueba de esto surge Deimos (Palosanto, 2018), un álbum que matiza el sonido del rock alternativo, el shoegaze y la actual ola del indie en Bogotá para dar como resultado siete canciones que presentan una dualidad en cuanto a los paisajes sonoros que proyectan (y que se enfatiza, principalmente, en los instrumentales), como en la unidad que supone el disco.

Bliss no solo presenta su álbum debut, sino que también nos deja ver una nueva imagen de su proceso creativo. Lo que antes era una banda que se mantenía dentro del uso de distorsiones y letras en inglés, ahora se muestra como un grupo que hace uso de guitarras acústicas, multiplicidad de voces dentro de sus canciones y un elemento fundamental, quizá, para lo que está sucediendo en la actualidad con las bandas: las letras ahora son en español. Esto último le dio la oportunidad a Juan Antonio y a Santiago de aportarle a la banda, más allá de lo meramente instrumental.

Gracias a la unión de miembros correspondientes a Cronopios, Novia Cadáver y Rhodes, el 2014 vio nacer uno de los grupos que muchos alcanzamos a considerar de culto y que por su trabajo, y genialidad musical, se ganó el título de «peso pesado» dentro de la escena que no correspondía al combo jazzero de Matik Matik.

Con Nicolás Correa en la guitarra, Santiago García en el teclado, Juan Carlos Sánchez en la batería y Felipe Velásquez en el bajo, Bogotá fue testigo del surgimiento de Santiago García y Los Pantalones Elegantes, un cuarteto de jazz de corbata —como alguna vez se definieron durante una entrevista para El Enemigo— que constantemente jugó a la experimentación y a lo fragmentario de la poesía a través de la música.

A pesar de que durante este entrevista no se consideraron como buenos músicos —hecho que hoy día podríamos desmentir fácilmente—, quizá, la admiración que se creó alrededor de la banda fue gracias a su puesta en escena que consistía en sets de media hora-cuarenta y cinco minutos durante los cuales ninguno de nosotros paraba de saltar o bailar, en los cuales los instrumentos no se permitían ni una pausa y todo ese frenesí sonoro nos llevaba al punto más álgido con un estallido de aplausos que las acreditaban como los ganadores de la noche.

Sus dos años de carrera le bastaron a la música en Bogotá para crecer, para llegar a nuevos públicos, para hacerse notar en algunos medios independientes y para darle paso a lo que vendría siendo esa nueva generación de bandas que nacieron durante el 2016. Nombres como Manniax, Stallone Nicolás y Los Fumadores, fueron los encargados de abrirnos la puerta a gestores, periodistas y asistentes hacia las nuevas posibilidades de ver, entender y escuchar música; no fueron solo sus presentaciones las que nos dieron la posibilidad de volver a creer en lo nacional —porque decir #YoCreoEnLoDeAcá no era lo más acertado— y de tomar el impulso para también andar mosca y comenzar a componer cosas propias.

Tras la disolución de Los Pantalones Elegantes, en enero del 2016, surgieron tres bandas que siguieron con el legado que ellos habían creado, pero que al mismo tiempo reinventaron tanto los espacios como la música, y dieron paso a la actual ola de bandas bogotanas que están conquistando los oídos de Hispanoamérica (ya más adelante aclararé esto): Stallone, ManniaxNicolás y Los Fumadores.

Todo está bien, todo muy bien, todo está al pelo

Quizá, a partir de este momento, y hasta nuevo aviso, me aleje un poco del eje central de mi experiencia respecto a las bandas con las que crecí, pero bandas como Stallone y Manniax también son imprescindibles para establecer esta línea de tiempo que me propuse crear hace ya dos días.

Aunque actualmente cuenta con una formación completamente distinta a la que alguna vez debutó junto a Los Maricas en KB, Stallone fue de esas bandas que también dejó claro, desde un principio, cuál era su cometido respecto a la música que se proponían crear. Fue gracias a For A Walk, sencillo que de la noche a la mañana apareció —al menos en mi caso— con el que este cuarteto de chicas se dio a conocer dentro del parche alternativo que ya estaba haciendo de las suyas en la ciudad.

Integrado por Alejandra (teclados/nueva miembro de la banda), María Ávila (guitarra), Paula Pedraza —de Novia Cadáver— (bajo) y Juan Carlos Sánchez (batería), esta banda presentó un sonido que apuntaba hacia el dream pop, pero que también tenía elementos del shoegaze y del surf.

Ese sonido garage, muy del estilo de bandas como Sales, junto al sonido indie de artistas como Frankie Cosmos y la aproximación hacia la experimentación musical de la mano de bandas como Warpaint fueron los elementos que les dieron el respaldo absoluto del público.

Antiguo líder de Rhodes y Los Pantalones Elegantes, el profe García fue el encargado de darle vida a la banda de rock alternativo Manniax junto al guitarrista Nicolás Díaz Lucas, el bajista Luis Camargo y el baterista Felipe Díaz. 

Aunque nunca he tenido la oportunidad de verlos en vivo sí, les fallé a ustedes y a Rock al Parque— considero que esta banda es otro de esos nombres que dentro de unos años, sino ya, dará de qué hablar gracias a la genialidad de cada uno de los músicos que la integran.

No se trata únicamente de tener en cuenta el recorrido del profe, sino también el aporte que realizan músicos como Nicolás Díaz Lucas desde la guitarra, convirtiendo cada una de las canciones en un recorrido del cual no podemos esperar más que nuevos y nuevos pasajes. No hay monotonía ni elementos planos dentro de sus canciones, sino que cada una resulta en una propuesta interesante y atractiva. Manniax 1, su álbum debut, fue la muestra de que esta era otra de esas bandas que aún tienen mucho camino por recorrer.

Creo que esto último lo confirma su participación durante la pasada edición del festival Rock al Parque, espacio que le abrió sus puertas a la banda y que los llevó a presentarse en el escenario Eco del parque Simón Bolívar como la ganadora de la convocatoria a nivel distrital. A pesar de que no estuve allí, por lo que vi, por que lo escuché, por lo que algunos de ustedes me contaron, su show fue uno de los mejores de todo el festival, y no hay duda alguna de ello.

A partir de este momento regreso a mis experiencias para hablar de las últimas cuatro bandas que me he propuesto integrar a este artículo/crónica/experimento/oloqueustedesconsiderenquees, por eso estoy seguro de que más allá de ser una sola lectura, esto se puede convertir en algo colaborativo y muchos de ustedes pueden seguir completando el rompecabezas que estoy construyendo desde el inicio. Si me hacen falta partes, si me estoy saltando hechos importantes o si ustedes quieren aportar algo, todo es bienvenido.

En medio de este extraño salto temporal que he construido respecto al 2016, me regreso al mes de mayo para hablar de Nicolás y Los Fumadores, y para construir desde el siguiente párrafo un comentario largo sobre lo que está pasando actualmente con la música en Bogotá.

* *

Encabezado por Nicolás Correa, en la guitarra, Santiago García en la voz y la guitarra, Juan Carlos Sánchez en la batería y Felipe Velásquez en el bajo, este surgió durante el primer semestre del 2016 y tardó muy poco tiempo en acercar a la gente hacia él. Construido alrededor de la necesidad de componer canciones durante un tiempo complicado de su vida, Nicolás comenzó a componer el álbum, una canción por día, y al cabo de dos semanas ya lo tenía listo. Luego se integrarían al proyecto el profe y Pipex, para luego terminar de completar la banda con el fichaje de Juan Carlos.

Porque sé que esto no es nada que ustedes no hayan leído ya en la entrevista que Vice les hizo apenas lanzaron Como pez en el hielo, yo no voy a contar como tal la historia de la banda, sino que voy a hablar de la importancia de la banda dentro de la actual escena en Bogotá.

Con sus primeros conciertos, la banda comenzó a trazar la guía de ruta que los acompaña hasta hoy día: música sencilla, humor y, lo más importante, letras llenas de sinceridad y situaciones con las que todos nos hemos sentido identificados.

Influenciados por el jizz jazz de Mac DeMarco (en especial su álbum 2) y una buena cantidad de elementos de artistas como Pescado Rabioso, Gustavo Cerati y Soda Stereo, Nicolás y Los Fumadores fue la banda que subió la vara y le apuntó a crear a partir de aquellos elementos con los que se sentían identificados y que sabían podían llegarle al público en general. A partir de su música no solo se establece una nueva manera de entender y ver la ciudad —caso que se da en canciones como Bruce y Margaret, Me Quiero Ir o la ya clásica Bailando Triste—, sino que también se genera un vínculo entre músico y público en el cual existe plena identificación con aquello que estamos escuchando.

A riesgo de recibir comentarios negativos por lo sentimental de este párrafo, Como pez en el hielo no es solo un álbum, sino que es el álbum —o bueno, uno de los álbumes— de la nueva narrativa en Bogotá que en un futuro próximo dará cuenta de los procesos de vida que se establecieron cerca de la segunda década de este milenio. Así como escuchamos a las 1280 Almas, La Derecha o Aterciopelados, así mismo escucharemos la música de este cuarteto y pensaremos en las dinámicas que se construyeron alrededor de la ciudad durante el 2017 o 2018.

Sobre Los Fumadores no me queda más que el augurio de un futuro brillante y lleno de éxitos. Su participación durante la gira de Zoé por Colombia, su show durante la pasada edición del Festival Hermoso Ruido y los grandes anuncios que seguro están por llegar son apenas el primer paso de todo el camino que aún les queda por recorrer. Quién quita que un día los veamos en escenarios de México, Argentina o Chile junto a bandas como Señor Kino, Los Blenders, Las Ligas Menores, El Cómodo Silencio de Los Que Hablan Poco o Patio Solar.

Es el puto sueño

Hace un par de días, Juan Antonio Carulla (mejor conocido como El Enemigo) escribió en su cuenta de Twitter:

No sienten que Las Yumbes fueron de las pioneras en la nueva ola indie bogotana? Es decir… Melancólica fue un hit viral en el under no? Y tienen sus fans de verdá verdá. 

Mi respuesta a eso es: sí y no.

: Las Yumbeñas también llegaron en un momento clave para la música en Bogotá. Como lo dice Juan Antonio, Melancólica fue un hit instantáneo. Tanto Facebook como Twitter jugaron un papel fundamental en la difusión del tema, que aunque tardó un tiempo en llegar a oídos de una gran parte del público, no demoraría en convertirse en un favorito inmediato para todo aquel que las escuchaba.

Es cierto que en Bogotá existe una importante escena punk, y basta con nombrar parches como el de Rat TrapDiscos Muertos para darse cuenta de que hay una basta producción alrededor de este género, sí, pero lo que hizo especial a este trío integrado por Juan Cristancho (batería), Daniela Parra (guitarra/voz) y Laura Vargas (bajo/voz) fue ese sonido pop/chipocludo que nos presentaron desde el principio y que las acreditó como otro de esos pesos pesados de la escena, llegando a darles la oportunidad de participar en la edición que acaba de terminar del Festival Hermoso Ruido o de ser parte de los diez años del Monkey Week, festival que se llevará del 19 al 24 de noviembre en España.

Claro, The Kitsch ya se había establecido como la banda de garage por excelencia en la ciudad desde hacía tres o cuatro años, seguramente muchos más, pero Las Yumbeñas se encargaron de «reinventar» el género y de presentarnos el otro lado de la moneda. Ya no se trataba únicamente de hacer música, sino que ahora la música traía una carga mucho más significativa y sentimental que las catapultó a las grandes ligas y las convirtió en otra banda de culto con apenas una canción. Por supuesto, más tarde llegaría En realidad no eras tan cool y muchos de nosotros terminaríamos de confirmar el porqué de su puesto dentro de las favoritas de la casa.

No: Antes de que la banda existiera, ya Los Pantalones Elegantes y Bliss se habían encargado de mantener viva la chispa que hacía seis años se había encendido y que poco a poco llevaría a la explosión que estamos viviendo actualmente. Sin embargo, este es otro de los puntos que también puede generar discusión y del que me gustaría sacar provecho para escucharlos y leerlos a muchos de ustedes.

Dentro de esta misma línea temporal, también fui testigo del nacimiento y crecimiento de Quemarlo Todo Por Error, banda que —debo admitir— al principio no me atrajo tanto como me hubiera gustado, pero que con el tiempo se fue ganando mi admiración y respeto gracias a su trabajo y ganas de hacer música.

Con su primer EP, titulado Wow túSantiago Alejandro Molina, cantante de la banda y guitarrista, dio los primeros pasos de un proyecto que nació gracias a su largo viaje por Argentina y Chile. Producto de sus experiencias, de sus historias y de sus ganas de crear, Quemarlo Todo Por Error debutó el 4 de septiembre del mismo año. Menos de quince minutos le bastaron a San para darse cuenta de que su idea tenía futuro y de que era cuestión de tiempo para que la llama también se iluminara para su proyecto.

Seguro no me extrañas fue la primera oportunidad que tuve de verlos cuando apenas eran San, David Fontecha (batería) y Juan Pablo Rocha (guitarra). Sobre aquella noche escribí: cuando el lo-fi se hace bien, da como resultado una banda como esta. Buena propuesta. 

El tiempo fue clave dentro del proceso de madurez de esta banda, el hecho de haber fichado al bajista (y multinstrumentista) Juan Felipe Ávila —Bloop— fue uno de esos momentos claves para el crecimiento del proyecto. Con cuatro miembros, y una idea clara de la música que se quería hacer, Quemarlo Todo Por Error sorprendió con el sencillo doble Ey Nena / Imaginaria que los convirtió en esa banda clave para el posterior desarrollo de la nueva ola indie bogotana.

El lanzamiento de su álbum debut Cuánto más hemos perdido (yo ya perdí la cuenta) fue clave a la hora de descubrir que detrás de esta banda también se encontraba la reciente narrativa de la ciudad y de los escenarios que llegarían a pisar; participaciones en festivales como el Festinadatienesentido, Tropical Garden o la pasada edición del Festival Hermoso Ruido son plena representación de ello.

Considerado como la nueva apuesta de la música alternativa en el país, y el niño (a)dorado de la actual escena, este recorrido de ocho años concluye con Pablo Jaramillo mejor conocido como Ha$lopablito. 

Nacido y crecido entre una buena cantidad de guitarras, bajos y baterías, Pablito le apostó al trap y a convertirse en uno de los artistas más importantes dentro de la nueva ola; hecho que consiguió casi que de manera inmediata cuando lanzó su sencillo debut: merchopercho, canción dedicada a sus ganas de ver una mejora en su vida, de sentirse en medio de en nuevos aires y de apuntarle a un día manejar su propio mercho.

La importancia de este nombre dentro de la escena radica en el hecho de que este artista, que apenas cuenta con un año-casi dos de carrera, se ha propuesto reinventar un género que muchas personas dejaron en el olvido consecuencia del reencauche que muchos de los grandes exponentes del reggaetón han hecho con él.

Lo fundamental dentro de la música que crea Ha$lo es lo lírico: en sus canciones también nos encontramos con ese elemento sincero y real, con la vida cotidiana de un estudiante de artes —o de usted y de mí— que disfruta de los días junto a sus amigos mientras come empanadas o compra cosas en un D1. Ya no se trata de un trap agresivo y vulgar que busca crear una apología a la violencia y el consumo de drogas, no, ahora se trata de hablar del transporte público, de la política en el país, de criticar la narcocultura con la que nos siguen asociando o de simplemente divertirse con lo que se tiene. El talento no se discute, el éxito que su carrera ha tenido tampoco.

Y aunque todavía le queda mucho por cantar, muchos escenarios por pisar y muchos países por visitar, Ha$lopablito también hace parte de esta generación que marcó un antes y un después en la música de la capital y del país. Saberlo en La Pascasia, junto a sus hermanos de Bliss, Nicolás y Los Fumadores y Quemarlo Todo Por Error, o en circuitos tan importantes como el Hermoso Ruido y el Festival Sónar son la prueba de que su música es vigente y de que el camino apenas acaba de comenzar.

Concluyo con este fragmento del perfil que escribió Sofía Rojas sobre Pablito:

Ahora, si lo “real” es contar el barrio, la vida en el gueto y las calles, seguro Pablo no es real, no encaja en las nociones que trae consigo el término en la música. Pero si se entiende “real” como a ese algo que surge, justamente, de la realidad, es decir, que tiene una existencia objetiva, Pablo es muy real, narra con la sinceridad del que vive agobiado por no tener un “mercho” y tiene que andar en Transmilenio, la del que quiere comer y no tiene plata, la del que no puede más con un gobierno como el que ha tenido su país por años. Pablo no le canta a las drogas, ni a las armas, no quiere calle, mujeres, ni fama; es real, y lo es con quién es más importante serlo, consigo mismo.

 

* * *

Parte de esta idea surgió en el 2015 durante una conversación que tuvimos Edith Hurtado Vera y yo mientras nos tomábamos una malteada en Usaquén. Su trabajo fotográfico también ha sido pieza clave en el proceso de documentación de estos ocho años de música.

A pesar de que no he sido parte de todos ellos, me atreví a escribir sobre las bandas con las que crecí, con las que he compartido varios, pocos o ningún momento, sobre mis amigos y sobre las personas que han hecho parte de todo este proyecto de crecimiento para la música en Bogotá.

Dice Philippe Siegenthaler que amanecerá y veremos, y lo mismo pienso yo: aún nos quedan dos años para llegar a la segunda década del milenio, aún nos queda mucho por ver y escuchar respecto a la música en Colombia. Este texto, por supuesto deja fuera a nombres como Arrabalero, Aguas Ardientes, Cruel Cruel, Distimia Agorafóbica, Hermanos Menores, Montaña, Ser Sónico y demás, pero mi propósito fue hablar acerca de aquellos que considero fueron los pioneros en todo este proceso de construcción de escena independiente musical. Ya El Enemigo dice que no seamos más independientes o propuestas, pero eso es una discusión que luego se llevará a cabo. Por ahora, y sin comillas, podemos llamarla escena.

Si encuentran vacíos, elementos que deben ser mejorados, errores, tienen alguna sugerencia, reclamo, complemento o petición, por favor, háganmelo saber. Todo será bienvenido, corregido y hablado con el amor que mereció la escritura de este artículo/reportaje/ustedesmedirán. Este también puede llegar a ser un trabajo colaborativo que con el paso de los días se puede convertir, Dios quiera que sí, en una investigación. ¿No les suena?

Si llegaron hasta este punto: gracias por leer, gracias por ser parte de esto y gracias por compartir la música.

Molde, 2018.

 

 

2 comentarios

  • Hey compadre! Excelente articulo!

    Pude vivir en oidos ajenos toda esa historia. Gracias por haber estado alli esos años pa contarnos ahora esta historia.

    De puro sapo dejeme recomendarle estos locos. Andan haciendo ruido interesante y presentaciones muy energicas

    Los Pedros y el Llanero Bolcheviqe
    https://youtu.be/Tc29dvw2Yrk

    Salud!!

    • ¡Amigo! Muchísimas gracias por tomarse el tiempo de leer, escuchar y disfrutar del artículo. Me llena de mucha alegría saber que le gustó.
      Y no se preocupe que no es de sapo, todas las recomendaciones son bien recibidas. Abrazo

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