Molde

Mujeres colombianas que desafiaron la industria musical

Por: Angie Narciso

Productores, cantantes, managers, ingenieros, locutores, académicos y editores de revistas musicales, todos, campos que fueron en su mayoría dominados por los hombres. Hablábamos entonces de espacios vedados que alguna vez existieron en la industria musical del país en la virtud del “por obra y gracia del poder del voto masculino”. Pero afortunadamente la historia cambió, o bueno, pienso que al menos un poco, pues hubo mujeres que desafiaron esa lógica, que lucharon por sobresalir en este mercado rompiendo y cuestionando las barreras que pretendían limitarlas al mismo por una cuestión de género.

De ahí, esa necesidad imperante por hacer un reconocimiento a aquellas compositoras e intérpretes colombianas que en su momento superaron todos los obstáculos y forjaron el camino musical para esta nueva generación. Así llegamos a una pequeña selección en la que hago mención de esas féminas que desde su corriente sonora (experimental, popular, del rock hasta la clásica), hicieron su acto de resistencia y plantearon nuevas formas de hacer y oír música.

Jacqueline Nova

A mi modo, la única músico experimental de avanzada en el país. Aunque nació en Bélgica, fue en Colombia donde cursó la mayor parte de su carrera. Fue una de las primeras mujeres que se graduó en el Conservatorio Nacional de Música de la Universidad Nacional (1967), hecho bastante impresionante entendiendo que en ese momento el medio musical era bastante conservador.

Al principio, no fue bien recibida su intención por desenvolverse como compositora ya que no se ajustaba al modelo social de familia, al canon político femenino de esa época que obedecía las tradiciones burguesas donde la única opción musical deseable para las mujeres era interpretar el piano más no emplearse en un oficio como el de la composición. Pero contra la corriente, Nova llegó a ser la pionera, tal vez, la más grande estudiosa de la música electroacústica en Colombia.

Logró incorporar un lenguaje vanguardista en el sonido gracias a su exploración de tecnologías y melodías que contradecían el sistema convencional creativo, incluso llegaba a producir ritmos con los mismos con objetos que no necesariamente eran instrumentos tradicionales acústicos. Ella veló por llegar a la aceptación del ruido como componente musical, pero sobre todo, fue casi que una etnógrafa sonora, ya que se interesó por músicas indígenas y populares, lo que en su tiempo no era muy usual, así que además de investigar y experimentar abrió el camino para repertorios menos conservadores.

 

Teresita Gómez

¿Podríamos imaginarnos a una mujer afrocolombiana que es una magna pianista, además es amante de Bach y Chopin, que gusta estar rodeada de nadaístas y que además conoció al mismo León de Greiff? No, pocos podrían. Pero existe y se llama Teresita Gómez (1943). Ella es un prodigio musical de voz guarachera que nació en Medellín y logró desmitificar ese prototipo del típico músico clásico. Claro, vale la pena mencionar que realizó una parte de sus estudios en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia bajo la tutoría de la gran pianista Tatiana Goncharova y también estuvo en el Conservatorio de la Universidad de Antioquia donde recibió el grado de Concertista y Profesora de Piano. Pero el camino para convertirse en todo una maestra no fue fácil, tuvo que someterse a una operación de sus manos, sin mencionar que además se enfrentó al rechazo de la elite musical en una época donde la sociedad era un tanto racista.

Pero Gómez fue propia de un temple fuerte, incluso unas cuentas veces dio clases para ganarse el pan. Una magnánima mujer. No hay otro adjetivo propio a su persona y a su trabajo. Y es que ella nunca desistió, como pocas tuvo la virtud de la resistencia, así llegó a consolidarse en campo musical, claro, también por el encanto de su bello arte, de su elocuente manera de interpretar el piano con un ritmo místico e impecable.

Leonor González Mina

Embajadora ante el mundo del folclor colombiano. Una mujer que ha luchado por el reconocimiento de la diversidad cultural, racial y sonora del país. Ella nos conectó a los chachacos y al mundo con los sonidos de Jamundí, Valle del Cauca, con el porro, el currulao, los boleros, los pasillos y bambucos. Su música fue uno de los primeros pasos para la apreciación de esas expresiones populares que no gozaban de mucha importancia en la industria musical. González Mina sabía qué implicaba ser negra y músico en Colombia, fue consciente de la segregación tapada en el país y la desigualdad social, de ahí que algo de su producción sonora se constituyera como una pequeña revolución que cuestionaba y exponía algo de esas situaciones como en su interpretación “A la mina”, composición del caucano Esteban Cabezas Rher, quien nos habla sobre la esclavitud a la fueron sometidos los negros en las minas de oro por parte de los hombres blancos.

Totó La Momposina

Sintonizó a la industria de la música nacional e internacional con los sonidos del caribe, con esas músicas provenientes de una mezcla de ritmos indígenas y africanos. Fue esta mujer la que nos mostró la riqueza sonora que por un momento ignoraba el país. Nos dio a conocer el bullerengue, la cumbia, los sones, las guarachas, los garabatos o mapalés; pero sobre todo, nos invitó a valorar los mismos y la carga histórica que poseían.

Como pocas, se planteó desafíos a la hora de hacer canciones. En un experimento musical grabó “Pacantó”un trabajo editado por World Village en el 2002 donde ella debutó como compositora e incorporó a su banda músicos africanos. En algunas reseñas destacan que fue su trabajo más moderno porque es una memoria sonora que conjuga dos momentos históricos de la música colombiana: uno en el que tuvieron lugar las primeras fusiones entre la cultura india y africana, y el otro la época dorada de las grandes bandas nacionales.

Andrea Echeverri

Reina punk de la noche, “aminoácida”, matriarca de Aterciopelados. Difícil era ver en los noventas que una chica comandara en una banda. Ella dejó claro que el rock no solo era una faceta propia de los hombres y que el papel de las mujeres en el género no era solo el de florecitas rockeras. Ella fue ese margen de error, eso que la industria no tenía previsto. Echeverri junto a sus colegas fue capaz de abrirnos el camino hacia una música visceral, nos dijo que sí era posible agregarle al rock algo de nuestras raíces sonoras y que ese atrevimiento bien podría ser el acto más punk, el más sincero de la subversión musical.

 

Publicado originalmente en la Revista Metrónomo el 8 de marzo de 2015

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