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[Reseñas] Las ciudades devoran pueblos o el devenir de Hermanos Menores

Las primeras impresiones suelen ser bastante importantes en la vida, ¿no les parece? Muchas veces, ese primer instante me es fundamental para crear conexión con los artistas que escucho o veo. Por supuesto, no se trata de señalar quiénes fueron los buenos o los malos. Se trata, más bien, de recordar ese primer instante en el que Hermanos Menores descargó sobre mí un relámpago con su música. 

El Toro (México) daba su segunda fecha en Bogotá. Era un viernes de noviembre, día lluvioso, de atmósfera densa, más negra que gris. Debo admitir que fue un día complicado. Aquel primer año detrás de la producción de eventos fue solo aprendizaje, pero lo valió. Sobre las ocho o nueve de la noche, el entonces trío integrado por Alejandro Solano (bajo), Daniel Piedrahita (guitarra) y Sergio Moreno (batería) dio inicio a su presentación. De ahí en adelante, lo grisáceo del día desapareció. 

¿Suena muy cursi? Seguramente, pero me bastó con el primer minuto de su show para darme cuenta de que en ellos había algo especial, algo que nunca antes había escuchado en una banda de Bogotá. Si la memoria no me falla, Campoamalia fue la encarga de abrir aquella noche; aquel «nosotros somos liberales, porque somos hijos de héroes», seguido del primer golpe en la batería fue suficiente para quedar completamente «enamorado» de la banda. 

Por supuesto, Campoamalia fue un disco muy bien recibido. Sin embargo, hablar de esta recepción involucra crear una discusión acerca de cuál es el tipo de público que se abre a la posibilidad de escuchar estos álbumes y cuáles son las posibilidades que tienen los mismos de lograr un mayor alcance fue de su nicho. De eso podemos hablar en otra ocasión. 

Dos años después de este primer lanzamiento, Hermanos Menores se aventura a presentar Las ciudades devoran pueblos: álbum grabado en bloque, a una sola toma, que da muestra de la genialidad, atrevimiento y destreza que posee esta agrupación; la muestra de cómo la unidad —en términos de conjunción, pero también de algo único— puede dar cómo resultado una placa tan arrolladora y superior a su precedente. 

Con Piélago se da inicio a los seis cortes que componen este álbum: lo primer que se escucha en el bajo da muestra de la velocidad y de lo certero que es el álbum. Para quienes conocen el acto en vivo, la música se equipara a lo que sucede en el escenario. Se escucha y se siente la misma energía. Se sacude la cabeza unísono de la batería y dentro de ella retumba la distorsión de la guitarra que crea un puente para Mañoco.

De a pocos la batería marca la pauta, en el fondo la banda cuenta «un, dos, tres, cua'» y la misma descarga se siente. El pie golpetea contra el piso, es inevitable no sentirse atraído por aquello que se está escuchando, por ese latir veloz de la percusión, por la progresión de acordes en la guitarra. Son las ganas de bailar —más que de «poguear»— las que se hacen presentes al escuchar esta canción.

La tola no es la tola se presenta como una suerte de interludio. Primer adelanto del disco, en formato de estudio. Un abrebocas que escondía tras de sí lo mejor de esta producción. Corte apacible, pero que no deja de lado ese aire ruidoso en el vaivén rítmico que presenta. La distorsión de Piedrahita hace juego con la intención jazz y colombiana de la batería. Ya lo dice Kalimán en su reseña, un sonido muy próximo al pasillo, el bambuco y la guabina. La unidad del disco es indiscutible, nuevamente se genera una conexión que desemboca en Apoteosis del ombligo de la Luna.

Durante la canción, los instrumentos se proponen construir un crescendo que sobre la mitad de la canción termina convirtiéndose en una explosión o un caos armonioso. El recuerdo a Un Jardín de Baobabs es claro e indiscutible. Casi pareciera que por momentos la banda le estuviera apostando a «nuevos géneros» como bien podría ser el doom.

Un cadáver en la hierba arremete con la misma fuerza de una avalancha. El juego que establece lleva a pensar en bandas como Godspeed You! Black Emperor. Existe la necesidad de jugar con lo apocalíptico y lo vivaz, la necesidad de crear atmósferas densas, pero con alguna esperanza de ver la luz al final del recorrido. Y es que esta canción cumple con esa «condición». Su primera mitad se desarrolla a través de un paisaje oscuro y desolador; la distorsión del drone parece el sonido de un relámpago que cae una y otra vez, para después dar paso al silencio. Luego, en su segunda parte, el bajo hace de «llamador», la batería y la guitarra le responden; de a pocos se regresa de esa «muerte», otra vez hay vida y movimiento. 

Por último, Cusumbosolo. Frenética, furiosa furibunda, agitada, destructora: el resumen de todo el álbum, la intención de oscilar entre lo calmado y lo acelerado, entre lo distorsionado y el sonido pulido. No se trata de un virtuosismo exagerado o de una gana sin sentido de ser ruidoso, sino que es la muestra de cómo tres músicos son capaces de devorar lo «establecido» y abrirse un espacio entre las escenas que en hora buena comienzan a dirigir su atención a lo alternativo dentro de lo alternativo.

Con este álbum, Hermanos Menores (ahora conformada por Solano, Piedrahita y Juan Manuel Jaramillo (batería), integrante de Tristán Alumbra) vuelve a dejar en alto su nombre, demuestra que las segundas partes pueden ser igual de buenas o mejores que las primeras, y se acredita como una de las bandas con mayor proyección dentro del actual panorama musical en Colombia. Confío en que vendrá mucha más música, más discos, siempre más contundente que lo anterior. Seguramente he escuchado este álbum más de quince veces y en cada escucha lo confirmo una y otra vez: es un knockout absoluto. 

 

 

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